Convivia Literaria - Authors Community for Literature and Art Projects - ISSN 1862-2429

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LOS PILARES DE LA TIERRA SON DE CARTÓN PIEDRA

W Cephei A es una estrella con forma de gota que flota allá en la constelación de Cepheus -a unos 3 mil años luz de la tierra- que con 3.676.200.000 de km de diámetro es la estrella más grande conocida por el hombre. Para que se haga una ligera idea dadas las proporciones que manejamos, nuestro planeta tiene un diámetro de 12.756 km, y el Sol que nos calienta 1.392.500 km.

Hace un año se activó en Ginebra -no sin cierto grado de histeria colectiva apocalíptica-1 el ya famoso Colisionador de Hadrones cuya finalidad es la búsqueda de el Bosón de Higgs (conocida como la célula de Dios) mediante el choque de las partículas elementales más pequeñas que se conocen, las partículas subatómicas, que para que nos entendamos y aunque las hay de varias clases, estas vienen a ser como los protones, neutrones y electrones que conforman el núcleo de un átomo.

Sin tener ni la más remota idea de las leyes elementales de la física actual, me atrevo a pronosticar que de igual modo que habrá estrellas cuyas dimensiones escapan a nuestra imaginación en este magnánimo universo de teorías sobre el que vagamos sin rumbo conocido, también existirán partículas más pequeñas que el todavía desconocido pero ya bautizado, Bosón de Higgs. Simplemente es una cuestión de masa que desconocemos y de cantidad de fuerza que la tecnología actual no es capaz de aplicar en laboratorio.

Einstein dijo una vez: “Hay dos cosas infinitas, el universo y la estupidez humana, y de lo primero no estoy tan seguro”.

Por mi parte, creo fervientemente que si existe algún propósito recóndito y misterioso por el cual hemos llegado a ser portadores del cerebro del que somos copartícipes es precisamente para comprender y desentrañar las incógnitas que se forjan a nuestro devenir. Incógnitas que son una parte esencial de nosotros mismos. ¿Pero acaso no es imprescindible para este designio hacer un ejercicio exhaustivo de auto-análisis?

Si bien con respecto al juego de proporciones que cohabitan en nuestro universo no la tenemos todas con nos, en lo que a Economía se refiere sí que conocemos los actores y el papel que cada uno desempeña en esta macro-función global que se presenta y representa a diario con consecuencias de diferentes magnitudes que, sin embargo, son igual de relevantes para todos y cada uno de los elementos que intervienen en ella. Así es como sentimos en nuestras propias carnes a diario ese concepto abstracto de la teoría del caos denominado “el efecto mariposa” y que emana de un proverbio chino que expresa lo siguiente: “el simple aleteo de las alas de una mariposa puede desencadenar un huracán en el otro extremo del mundo”.

Pero aunque esto de la Teoría del Caos (o de los ciclos económicos) sí que tiene mucho que ver con el tema que nos concierne, está claro que no ha sido causada por el simple aleteo de una minúscula mariposilla. Tampoco ha sido generada por el desconocimiento de quiénes son los actores intervinientes en la función: sino que la causa en esencia de esta crisis que vivimos en la actualidad radica en el desconocimiento profundo del contenido que fluía dentro del continente. Es así como, esas grandes instituciones financieras – Lehman Brothers, Merrill Lynch, AIG,…- cuya existencia hemos ido conociendo en España a medida que iban quebrando, resulta que se sostenían económicamente sobre pilares de cartón-piedra. O sea, de la nada financiera que durante mucho tiempo significó ganancias inconmensurables por medio de la especulación y las primas por cuenta de resultados.

Se podría decir que hoy día el modo en que ha evolucionado nuestra economía es muy similar al modo en que lo ha hecho nuestro cerebro: todo está conectado por intrincadas redes que transportan información. Y por eso le ha afectado a usted que está tranquilamente sentado a la lumbre que le proporciona la chimenea de su casa del pueblo.

La cuestión es que si bien estos gigantes han provocado que de repente se ponga a leer periódicos económicos de forma repentina y con los ojos desorbitados ante tanta información y titulares espeluznantes; créame si le digo que, aunque usted representa la parte más pequeña que actúa en esta función, hay muchos en su misma situación. Porque usted que se está tomando un chato de vino tranquilamente en el bar del pueblo es a la economía mundial ese Bosón de Higgs que busca el Colisionador de Hadrones de Ginebra. Sólo que en la misma situación se encuentran millones y millones de Higgs en todo el mundo.

Vayamos pues hacia la siguiente interacción lógica: Si bien esas gigantescas plataformas financieras mal gestionadas le han afectado desde el otro extremo del planeta, el empeoramiento de la micro-economía que usted maneja para sacar adelante a su familia, unida a las dificultades del resto de los mortales a los que también nos ha tocado el sambenito, representamos como entidad, grupo, comunidad, ente, higgs, o como desee llamarnos, la columna vertebral, la más amplia y la única que se puede afectar a sí misma. Y es que la economía que hemos creado se transforma de la noche al día del Doctor Jekyll a Mr Hyde, vamos, un bendito santo que nos proporciona paz y bienestar o un monstruo horripilante capaz de fagocitarse a sí mismo. Menudo galimatías, ¿no?

No obstante hay dos cosas que nos caracteriza a los humanos: que es en los peores momentos cuando sacamos lo mejor de nosotros mismos; y que, sin embargo, somos capaces de tropezar dos veces con la misma piedra.

La cuestión como en la mayoría de las ocasiones es ¿cuál es la pregunta adecuada que hay que hacerse para aprender del error? ¿Cuál sería en su opinión?

En lo que a mí respecta lo tengo claro. No es el ¿cómo? Ni el ¿desde cuándo? Ni el ¿desde dónde comenzó? Es el ¿porqué?

Y puesto que la economía es algo creado por y para el hombre hay que trasladar precisamente esa cuestión al hombre.

Permítanme, ya que he usado el símil de que todo es como una especie de obra de teatro trasladarla al mundo del cine para proponerle un ejercicio muy simple para la cuestión, en principio, tan complicada que nos atañe. Se trata de lo siguiente: elija una película americana cualquiera y compruebe la profesión o el estatus de los actores principales. Usted se dará cuenta de que todos son una parte relevante de la sociedad, la mayoría triunfadores o con altos cargos, con buenos coches, mujeres guapas y sofisticadas, siempre miembros relevantes de su comunidad… O si no lo son, caminan hacia ello. Hacia el triunfo. El “american way of live” o estilo de vida americano que hemos heredado en las últimas tres décadas.

Parece cosa de película, pero si bien desde la cómoda silla de su casita del campo una película americana no deja de ser un mero entretenimiento, allí, para los del otro lado del charco tiene un significado bien diferente que llevan mamando desde hace casi un siglo. ¡Es el triunfar por encima de todo! ¡Triunfar, triunfar, triunfar de cualquier modo, pero triunfar! Y eso es lo que ha ocurrido con los jóvenes –y no tan jóvenes- directivos que gestionaban las empresas que han quebrado. Personal triunfador, con sueldos multimillonarios, pilares centrales de esas entidades, cuya ética financiera, ética moral, ética humana en definitiva, también es de cartón piedra2.

Pero, una vez reconocida la razón del problema, hagamos ahora el correspondiente ejercicio de auto-análisis. Ahora le pregunto a usted que vive tan plácidamente en el pueblo: Si viniera el genio de la lámpara maravillosa y le propusiera que usted o bien su hijo podría ser uno de esos multimillonarios a los cuáles la crisis actual se la trae al pairo, ¿qué elegiría? Su respuesta, sin hipocresías ni bienaventuranzas de por medio es la razón de la razón de la actual crisis. El individualismo trágico lo denomino yo. Y no es plan de achacar la actual situación al sempiterno y manido anti-americanismo que aflora cada vez que vivimos una crisis. Queda claro que tener agua corriente, luz eléctrica y una nevera repleta de comida en casa representan por si solas comodidades que no poseían la burguesía de tan solo hace cien años, pero, tal y como ya dijo el sabio Winston Churchil: “La democracia es el peor sistema de gobierno diseñado por el hombre, con excepción de todos los demás”. Una frase sencillamente genial en la que sustituyendo “La democracia” por “El capitalismo” y “gobierno” por “economía” se puede uno dar cuenta de que el orden de los factores sigue sin alterar el producto.

Yo mismo invierto en bolsa. ¿Cree que lo hago con el firme propósito de ayudar a la empresa a la que estoy financiando con mi dinero, gane o pierda? ¿Cree que al igual que hacen las hormigas lo hago porque sé que esa empresa realiza una labor o elabora un producto que repercutirá en el bien común? Lo hago porque quiero sacar tajada, porque quiero forrarme, vamos. Porque en este juego de ilusiones monetarias que se ha creado no siempre se trata de “tú y yo” sino que en muchas ocasiones tiene que perder uno para que salga beneficiado el otro.

Perspectiva que viene a constatar que aún nos quedan pasos que andar para poder llamarnos Humanos, desde la acepción más pura de la palabra a la que ya aspiraban aquellos sabios griegos, 300 años antes de Cristo. Esperemos que esta crisis sea una oportunidad para evolucionar en ese sentido, en el sentido de pensar de forma individual en el bien colectivo. Y a eso yo le denomino, ética personal.

Quisiera no obstante terminar con una frase de Einstein que dice: “Intenta no volverte un hombre de éxito, sino volverte un hombre de valor”. Y es que llevamos años confundiendo valor con precio y ya va siendo hora de cambiar estos roles sin que ello conlleve reinventar lo inventado. Si no cambiamos nuestra cosmo-visión financiera, seguiremos como el Boson de Higgs; como algo que tiene nombre pero que todavía no existe.

Emi G. Cortés.

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