Convivia Literaria - Authors Community for Literature and Art Projects - ISSN 1862-2429
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La 51. edición de la Bienal de Venecia, de Jesús Muñoz
La 51. edición de la Bienal de Venecia: de cerca sólo un poco más lejos
Por primera vez en la historia de la Biennale de Venecia estuvo ésta a cargo de dos mujeres: las espaňolas María de Corral y Rosa Martínez. Ellas han sido quienes tras largos meses de investigación seleccionaron los trabajos que formarían parte de la muestra en los edificios de el Pabellón de Italia y el Arsenale desde agosto hasta noviembre de 2005. En varias conferencias se lamentaron ante la prensa de no haber tenido suficiente tiempo para investigar a fondo el panorama artístico internacional. Queden, pues, disculpadas por la inexplicable ausencia de obras multimediales. A pesar de ello consiguieron reunir en las instalaciones mentadas las obras de 74 artistas, entre ellos algunos de países que hasta la fecha no habían participado en la Biennale: Marruecos, Afganistán, Albania, Kazajstán, Kirguisistán, Usbequistán y Belorrusia.
Las dos exposiciones organizadas por María de Corral y Rosa Martínez se complementaban mostrando trabajos desde los aňos 70 hasta la actualidad, entre ellos algunos que fueron concebidos para la muestra en cuestión.
Para el Pabellón Italiano en los Giardini concibió María de Corral una muestra en parte retrospectiva con la participación de 42 artistas bajo el título "La experiencia del arte". Esta exposición comienza en realidad al aire libre en los Giardini de la Biennale, donde se puede ver una gran instalación de espejos curvados del estadounidense Dan Graham y varias esculturas en bronce del fallecido artista español Juan Muñoz que dan paso al Pabellón Italiano. María de Corral se decantó aquí por nombres consagrados expuestos en salas monográficas junto a otros artistas más jóvenes, logrando un compromiso, pese a todo interesante, que gracias a la distribución de las obras reduce el riesgo de exponer a un artista no tan conocido como Maider López tan cerca de los cuadros de Francis Bacon. Por otra parte la comisaria de este pabellón creó varios espacios especiales para artistas como Kentridge, a modo de clímax calculados, lo que le da a su proyecto cierta solided.
De esta forma transforma María de Corral con „La Experiencia del Arte” el panorama contemporáneo desde los 70 en un entretenido discurso, donde el arte puede ser revivido en una faceta “histórica” sin caer en una concepción de tendencia demasiado arqueológica. A fin de cuentas la Biennale de Venecia presume de ser catalizador de la situación actual del arte. Para evitar la limitación que a tal fin imponen nombres ya consagrados figuran en el Pabellón Italiano nuevas propuestas que, a modo de comentario y nuevo impulso, reviven la reciente tradición del arte contemporáneo, a la que no les queda más remedio que adherirse. Tal como de Corral describe, la muestra está concebida "no como una historia cerrada, sino como un proceso definido en términos de relación entre sujetos, formas, ideas y espacios diversos".
Sintomático de la muestra son las dos obras que encontramos al entrar al pabellón. Barbara Krueger escribe „Admit nothing, Blame Everyone” en la fachada del edificio. Una vez dentro zumba una taladradora negra colgada del techo que al dar giros sobre nuestras cabezas genera un espacio amenazante. Y justo detrás se disuelve la imagen del mundo en píxeles apastelados, casi con dimensión pictórica. Thomas Ruff es el autor de esa fotografía “pixelada” que reclama su propia disolución. Entre taladradora y foto “disolvente” se encuentra el fragmento de una intransitable escalera vaciada en yeso, realizada por Rachel Witeread. Estas obras resumen las posiciones del arte que María de Corral ofrece bajo el título genérico de “La Experiencia del Arte”. Se trata de una despedida del arte mismo, un distanciamiento de la figuración de los objetos y su capacidad de albergar referencias vitales o de cualquier otro tipo. Pero esta visión del arte no es pretenciosa, carece del heroísmo trascendente de predecesores como Joseph Beuys, y emana más bien una melancólica postura del arte contemporáneo ante un umbral impreciso, simbolizado en una suave niebla de píxeles. Tal vez quiera insinuar María de Corral que la experiencia del arte contemporáneo ofrece un amplísimo terreno para nuevas propuestas, aunque hayamos llegado a un punto en que el arte mismo sólo sepa morderse la cola, pero nunca la lengua.
Por otra parte, las obras fueron expuestas en muy diversos soportes, desde proyecciones audiovisuales hasta esculturas, pasando por una gran variedad de instalaciones. El único soporte que sin duda brilla por su ausencia son las instalaciones computerizadas de carácter interactivo. Para realizar una “experiencia del arte” a este nivel había que trasladarse al Arsenale y recorrer los 9000 metros cuadrados de espacio expositivo hasta llegar a la obra de Mariko Mori, “Wafe UFO”. E incluso una vez dentro de la escultura biomórfica uno acababa preguntándose si nuestra “experiencia del arte”, en tiempos de interacción audiovisual, no merece más que una mezcolanza frívola de estética pop, iconografía oriental, conceptos new age y alta tecnología (de presupuesto desorbitado) que reproduce nuestros impulsos cerebrales en un puňado de burbujas de colores, a modo de cursi nirvana. Pero no vamos a juzgar aquí todo un concepto expositivo por la elección de una sola obra, que de todas formas le daba un carácter futurista a la muestra del Arsenale, haciendo al menos honor a su título.Con „Always a little further” nos recuerda la comisaria Rosa Martínez en el Arsenale que el arte, si bien no puede mejorar el mundo, nos enseňa a verlo desde otra perspectiva. O expresado de forma menos ingenua: el arte puede forzar visiones para entender la realidad sin caer en el mecanismo superficial que nos impone la rutina. Y esta cualidad es una de las exigencias que, al parecer, sigue determinando qué es arte contemporáneo, qué obrita va “always a little further”.
Tradicionalmente ha acogido el Arsenale las muestras más innovadoras. En esta ocasión, sin embargo, cuenta la muestra con la participación de referentes con solera como la conocida artista francesa Louise Bourgeois o el aún joven pero ya establecido dramaturgo del absurdo, el alemán John Bock.
Un acento crítico y provocador queda patente ya en la primera sala de la muestra, en cuyas paredes cuelgan grandes carteles de las "Guerrilla Girls", el grupo de artistas anónimas que desde la década de los 80 vienen reivindicando las "injusticias" del arte: “El 3 por ciento de los artistas del MOMA son mujeres, pero el 83 por ciento de los desnudos son femeninos”.
A parte de los divertidos carteles de las Guerrilla Girls no faltan otros proyectos de carácter reivindicativo. Paloma Varga Weisz denuncia las torturas con un dramático patíbulo. Regina José Galindo denuncia las injusticias en vídeo-performances de brutal crudeza.
El centro de la primera sala está coronado por una enorme lámpara de estilo clásico, que en lugar de cristales ostenta centenares de tampones para la menstruación. El recorrido continúa con instalaciones, algunas performativas, como el trabajo de John Bock, pinturas y proyecciones audiovisuales que investigan la contemporaneidad y la recepción del arte, así como curiosidades: tal es el caso del trabajo de la italiana Bruna Esposito, autora de la obra más pequeña expuesta nunca en la Biennale de Venecia, la minúscula "Perla de plomo".
Por otra parte los pabellones nacionales en los Giardini le daban un carácter de parque temático a la Biennale. Sobre todo en el pabellón alemán se sentía uno como en una atracción de feria. Al cruzar las puertas los vigilantes de la sala gritan y bailan como posesos coreando el título de la obra “incorpórea” de Tino Sehgal “Oh, this is so contemporary!”. El trasfondo teórico de este tipo de arte es bien conocido y tiene sus raíces en el arte conceptual. El visitante ajeno a estos entresijos interpreta la frase coreada en relación con las esculturas neodeconstructivistas de Thomas Scheibitz que se exhiben en la misma sala, y aunque exista una declaración del comisario alemán en la que explica la reunión de dos obras tan dispares en un contexto nuevo, uno no puede evitar cierta sonrisita de distanciamiento hacia las esculturas de Scheibitz.
Pero Alemania no fue el único pabellón con debilidad por el espectáculo. En el pabellón de Checoslovaquia había que sortear miles de canicas esparcidas por el suelo. El pabellón británico, uno de los más concurridos, expuso los cuadros de Gilbert & George, que a modo de “showmen”, con trajes de chaqueta y corbata, firmaron los primeros días de la muestra cientos de catálogos. Cuando se fueron se quedaron sus cuadros un poco huérfanos. El colectivo neozelandés, con el proyecto “The Fundamental Practice”, convirtió su pabellón en un espacio hostil abarrotado de sonidos dodecafónicos à la Schoenberg y extraňas voces captadas de la red. El pabellón de Bélgica reproducía un enrevesado laboratorio de ideas y tuberías à la ready made condimentado con demasiado fluxus sanitario. Annette Messager, en el pabellón francés (que cambió la palabra Francia por Casino), mostró una sugerente obra basada en el cuento de Pinocho, con evocaciones románticas en torno a la Ciudad de los Canales. No es muy de extraňar que se llevara el premio que otorga la Biennale de Venecia al mejor pabellón nacional.
Pero no sólo el pabellón francés tomó la Ciudad de Venecia en su punto de mira. También el pabellón espaňol se concentró en Venecia, mas no como pretexto para un homenaje, sino como crítica al evento bianual en cuestión. Bajo el título “On translation: I Giardini” analizaba la obra de Antoni Muntadas el concepto de redes y los nuevos retos de la sociedad de la información, centrándose en una reflexión que cuestiona la producción cultural y las formas de representación nacional. Como objeto de crítica se sirve precisamente de la propia Biennale. La Biennale es para Muntadas un acontecimiento que carece ya de vigencia, porque ofrece una concepción clasificadora del arte. Mediante la escenificación de salas de espera reflexiona Muntadas sobre el papel que ha tenido este evento como espacio catalizador de cambios y transformaciones, criticando así en lo que se ha convertido hoy día.
En definitiva, la 51. edición de la Biennale de Venecia ofrece una visión bastante completa de la situación del mercado artístico actual tomando como punto de partida grandes clásicos de la postmodernidad y haciendo hueco a varios artistas hasta la fecha no muy conocidos. No se puede decir que esté representado todo lo que aporta algo interesante al panorama artístico (a este respecto ya se habían disculpado en su día las comisarias en varias ruedas de prensa), pero sí se puede decir que los que pudieron mostrar su obra ofrecen un representativo espectro del arte contemporáneo mundial con la única excepción de las instalaciones multimediales. A nivel temático supone la muestra un intento de abordar los límites del arte postmoderno contemporáneo a la zaga de la gran pregunta: ¿y ahora qué? Pues, después de asistir a antiguos y nuevos rituales, después de cuestionar la propia tarea artística, después de someter a revisión toda permutación social... ¿qué puede ofrecer de nuevo el arte? ¿Es esta despedida del presente un show más en el mercado artístico, sediento de su papel de evento de masas? La postmodernidad del arte parece haber alcanzado una máxima representación en la Biennale de Venecia y sus comisarias han sabido distribuir sabiamente las piezas que la forman. Donde es necesario conservar algo se mira hacia el pasado, donde el presente acucia se mira hacia adelante, el visitante puede recrearse en un paraíso de ensueňo para caer después en un espacio sangrante. Todo esto es posible en Venecia como un acontecimiento simultáneo e irremediable cuya disolución en una foto de Thomas Ruff invita al desarrollo de nuevos impulsos.
JESÚS MUÑOZ MORCILLO
