Convivia Literaria - Authors Community for Literature and Art Projects - ISSN 1862-2429

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QUERIDO Idomeneo:

En el día más feliz y fugaz de mi vida te escribo acompañado de incontinencia y cólicos intestinales que en nada cejan de tomar las dimensiones que los caracterizan. Sin embargo a todo esto le hace frente la natural alegría que me produce el recuerdo de nuestras elucubraciones. Mas por lo que a ti respecta, Idomeneo, prolongando la dignidad de tu temprana tendencia hacia
a mí y hacia la filosofía, cuida de los hijos de Metrodoro. Has de saber que el destino de cuanto dejo en vuestras manos es algo que me preocupa, porque, si bien nada tengo que temer del futuro, la edad anciana y la agresividad de los achaques le dan un sabor muy diferente a cuanto
alguna vez afirmamos bajo las apacibles sombras de nuestro pequeño jardín. Con cuánta frecuencia he rememorado en estos días las consoladoras cartas que envié a mi madre estando ésta ante el umbral de la muerte. Más tarde me hicieron saber que mis misivas le regalaron
un aura de sosiego casi heroico. Qué lejos estoy yo ahora de sentirme sosegado por los  argumentos de entonces. El hecho de que mis palabras desencadenaran en ella tal reacción se debe a que me sobreestimaba, creía ciegamente en su hijo, pero a mí me falta el reducto de la creencia en una opinión superior, Idomeneo, me cuesta alcanzar una felicidad libre de sobresaltos. Qué hermoso era aquello de que saciado el cuerpo de sus carencias la
necesidad dejaba de ser algo fatal. Se me olvidaba que ante la necesidad de morir no se puede saciar al cuerpo. Sólo la evocación del pasado me devuelve la vida. Recuerdo ahora los años que pasamos en Lámpsaco con un placer rejuvenecedor, como un paliativo que me ayuda a resignarme sin perder los cabales.

Añoro nuestras caminatas hasta la tumba de Anaximandro para filosofar en su memoria.
Revivo esos días buscando los momentos más felices y más lúcidos. Esa mímesis de la memoria tiene un efecto catárquico sobre el alma. Las imágenes que mi mente genera desencadenan afecciones muy diferentes a los sentimientos de entonces. Si viviera unos años más escribiría un nuevo libelo sobre la transformación de las afecciones en la edad anciana. Con el paso del tiempo uno percibe las cosas de modo distinto. La sutil composición del alma y la más sólida del cuerpo se alteran con los años. 

Del mismo modo que dejamos de ver nítido o de oír claro también dejamos de sentir como sentíamos al despertar a la vida física, que a pesar de la cercanía de la muerte sigue siendo para mí la única forma de existencia. 

El hombre anciano percibe mejor el recuerdo que el presente. En efecto el pasado se ha convertido para mí en el nuevo reino de mis sentidos. Busco en él los placeres y alegrías que el presente día ya no me puede ofrecer.
El recuerdo, Idomeneo... 

Deseo morir bañado en el aroma de algún recuerdo maravilloso. Hoy he saludado el alba de mis dolores con esta idea y ya he escogido el motivo del pasado que me acompañará en las últimas horas de mi existencia. Tu rostro, Idomeneo, tu rostro iluminado cuando me trajiste la noticia de la cesión del huertecillo ateniense, a nosotros, los ecurridizos filósofos de la controvertida ética atómica. Y todo gracias a un avatar político, quién fuera a decir que la mal llamada restauración de aquel tal Poliorcetes nos iba a servir de algo a nosotros que siempre rechazamos todo interés por el arte de la polis. Entonces, aunque la noticia de la posesión de un jardín me dejara indiferente -qué es poseer para un ser que se disuelve- me hiciste feliz porque vi en tu rostro iluminado el colmo de un alma alegre en plenitud. Voy a morir hoy, amado Idomeneo, pensando dulcemente en aquel momento claro y puro como el concepto más preciso y verdadero que puedo poseer mientras la sangre abandona el cuerpo y el alma se desprende insensible e implacable, como un dios que quiso siempre alzarse. No te apoques si te digo esto sino más bien siéntete honrado y feliz de darme con tu recuerdo el instante de placer intenso y justo que preciso para morir feliz. Te pido encarecidamente que el contenido de esta carta sólo llegue a tus manos y que contigo desaparezca, pues el vulgo, ajeno a los entresijos de nuestras enseñanzas, podría utilizar su contenido para desacreditarnos en algún punto. Sólo quiero morir entregado al placer de verte una vez más sonriendo, lleno de vida y esperanza. Y así deseo que me recordéis también, porque
ésa es la única forma en que perduraré entre vosotros. Y que cuides de los hijos de Metrodoro, pues ellos serán mañana quienes custodien el rumbo de nuestras enseñanzas. Actuad como si os estuviera observando. Salud. Epicuro


JESÚS MUÑOZ MORCILLO



Publicado en Convivia No.1, Invierno 2006, págs. 25-27  

 

 

 

 

 

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