Convivia Literaria - Authors Community for Literature and Art Projects - ISSN 1862-2429

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Poemas de Eduardo Moga

Poemas I, II y III de Las horas y los labios

EL SILENCIO es un fragor interrumpido por los primeros insectos. Emerjo de él como si me hundiera en él, por las grietas del ojo, por el ojo no oído. La oscuridad, corroída por los minutos, se desangra en luz. Y el tiempo se descompone en nombres que son mi nombre, en ropa que desenredo como si abriera una herida, y a la que se adhiere la niebla de mis manos, en lugares donde entierro las manos y la inteligencia.

(La noche es un niño que pide agua. La cera retiene al yo, que quiere huir por los intersticios de la conciencia. El pie, acaso, muere en la madera).

Dejo, harapos lentos, los cuerpos en que he sido. De la piel cuelgan todavía trombos de otras claridades, caricias fronterizas, hechos que no son piel: transparencias que tienden a la realidad, que la reclaman como a una flor inválida entre las ondulaciones del pánico. Encuentro un verbo entre las sábanas: nació en el sueño y fue hostil, pero ahora, en la pira del día, quiere ingresar en el pecho umbrío y serpentear entre sus frondas. Han desaparecido, sin embargo, la compasión y las luciérnagas. Los otros que me habitan regresan a su ausencia.

Mientras tanto, la electricidad oscurece el alma. El reloj, insomne, actúa. El cuerpo obedece al vacío, como la lluvia al beso invertebrado del espacio. El cuerpo siente el imán de los huesos, que lo arrastra a la humedad y a la conducta; siente la sed de los zapatos, los gestos abollados, el abrazo de la corbata y de la muerte. El cuerpo encuentra su forma. El falo renuncia a su forma. Los músculos sonríen y mienten. El ojo se disuelve en la mirada.

(Y esta otra lentitud, su caracoleo inmóvil, que me decapita. Reconozco las caderas, cuyo grito era una casa, y su deshacerse en flor, y su crecer hacia el alud. Reconozco los preservativos, en la mesita de noche, junto a los poemas fracturados de Celan. Reconozco la vigilia de la piel, la piel que tañe, la succión dolorosa del amanecer, que ya es otro lugar. El coño, piel sumergida, transpiraba luz).

Tras las persianas, la indiferencia. El césped es césped todavía. Las flores esperan, mientras suena la nada. Un vaho sólido se desprende de los árboles. Y se aceleran los cabellos, los hornos, los mecanismos, las vértebras enloquecidas que contengo, cuyo entrechocar se confunde con el de las puertas y los cazos, las palabras con que distraigo la agonía.

Ya corre el agua del grifo. Me lavo los dientes. ¿También yo he de vivir, como esa paloma que atraviesa las micas del aire, bajo el sol oblicuo que dora en el espejo el rostro de que carezco?

¿SOY YO quien me mira? ¿Soy yo este cuerpo incesante que descubre, ante el espejo, un nuevo, imperceptible derrumbamiento? ¿Me pertenece la sombra que es mi carne, que extiende por mi carne el aceite de la devastación?

Veo a la cara convertir su bruma en límites. El sol penetra en las cavidades del agua, y la mancha de oro y huida. Los objetos manotean, abrumados por sus cuerpos, y dibujan perfiles sonoros. (La ventana es otro orificio del cuerpo, por el que el aire penetra en las profundidades de la forma). El día es agua: crea la realidad, abrillanta la realidad, cincela árboles y espumas. El silencio adelgaza, retrocede, mas aún envuelve las cosas; una lluvia metálica lo tizna, pero entre los perros amarillos y los émbolos que tosen y los gritos de la luz asoman todavía sus heces sosegadas.

Mis ojos, redondos, no tienen forma. ¿Pertenecen al mundo? ¿Forman parte de mí? ¿O son, acaso, excrecencias de esta pasta que es el cuerpo, de este arder ambiguo en que consisto? Ayer fueron mariposa, mordedura; hoy buscan a alguien a quien desconozco. Mis ojos no ocurren: son movimiento hacia la muerte, interrupción de la muerte, convexidades de la ausencia. Mis ojos: ¿estoy en ellos? ¿Nado en su fuego oscuro, en lo esférico de su quietud?

Ahora, el escalofrío del desodorante. Me derramo en el espejo: es un cuchillo. Oigo el rumor lanceolado de un fresno, y a un pájaro: nunca he sabido reconocerlos por su canto; quizá sea un mirlo el que mella con su oro incorpóreo la dureza del aire, y lo desordena. Sí conozco el agua, el agua prieta que se constituye en centro, que me anuda y desvía, y digo agua, la pronuncio con la fiereza de mis yemas, doblo esta agua mortal, naciente, la abraso como al tiempo que me abrasa.

Oigo batir las puertas de los ojos. Detrás hay otro, que aún distingue, entre los arañazos del frío, el ámbar de la inocencia, las palabras que pacificaban el corazón, las palabras sin sonido. Sin embargo, la carne continúa: orvallan los brazos, el pecho se bifurca en sombra y miradas, los dedos recuerdan los pechos contra los que rompían las olas del mundo. Hilos de vida desaparecen por el desagüe cuando abro otra vez el grifo. Me quedo, de nuevo, desnudo ante el espejo, con sólo mi desnudez y la densidad de ser y los pájaros.

¿O es quien me habita, crucificado en la culpa, el que bautiza los golpes invisibles de este sol que reúne tantos años, tantos placeres heridos?

EN EL AIRE hay espinas: las veo brotar de la hierba, y anidar en los resquicios del aire, y amalgamarse. Pájaros mutilados se detienen en el cielo.

Los árboles hablan. Sus ojos me interrogan. Pesa el azul.

Qué es esta calle sino otro cuerpo, la suma de los cuerpos que depositan en ella su finitud y su estrépito; qué sus ángulos, su respiratorio cemento, sino un encajar de membranas, la construcción de una llama que serpentea en el vacío; qué lo vertical y las ruedas y la vegetación, sino partículas quietas de un río innumerable. Crece el ladrido, calcáreo. Los destellos de una panadería barnizan el asfalto y la prisa. Las ventanas sangran quietud, pero una, coágulo, abandona la inmovilidad y entrega al cielo su medula. Arena irritada cruje bajo los pies.

La claridad, sin embargo, miente. Aún no ha nacido este coche que me amenaza (tampoco su conductor, que me observa con los ojos huyendo); ni el autobús, espeso en su inexistencia; ni el último murciélago, que dibuja, ebrio de sol, sus equívocos poliedros. ¿Es aquel gato una posibilidad, una arruga de lo real? ¿Es el delicado olor de los jazmines lo que reúne las partes de mi yo, lo que justifica, con su presencia grande, la decisión de ser yo? Crepita el aire, como el tiempo. Lo atravieso (mis pies me interrumpen: me transportan) hasta que oigo su corazón, el mío, el corazón de la grava y el silencio, el soliloquio de las cosas iniciales, acumuladas en la nada inminente, en el vestíbulo del no ser. Una mujer oscura, frente a una puerta que no se abre, está fumando.

¿Por qué todo es su misma muerte, el canto insuficiente de sí mismo? ¿Por qué me atemoriza este azul sombríamente iluminado, si poseo manos, si bajo los ojos hay mundo? (¿O es el mundo la negación, el óxido infinito?) ¿Por qué sólo percibo la soledad de los semáforos, el insomnio de las buganvillas, la insistencia de los coches abandonados en seguir abandonados?

Pasa otra mujer. Su piel encierra un sol agonizante. Veo sus jabones y su levedad, las manos con que friega, los pasos alquilados. Hay un hervor de árboles en su geometría, y, en sus ojos, distancia: la que une su vientre y las estrellas. Los minutos orinan en mí. Me dirijo a un más negro principio.

EDUARDO MOGA

Publicado en Convivia No. 2, 2007

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